Introducción

A partir de la crítica de la concepción humanista moderna sobre lo humano, que se considera cargada de prejuicios eurocéntricos, racistas, sexistas, especistas y centrados en el control y la dominación (Diéguez, 2017), el objetivo del posthumanismo es poner fin a las dicotomías que separan las individualidades y subjetividades de todo lo que les rodea: humano, no humano y del universo. Así, similar a la perspectiva espiritualista -la oriental en particular- el posthumanismo se convierte en un modelo de pensamiento basado en la interconexión esencial de la existencia y que excluye cualquier postura antropocéntrica y no transversal del ser humano con respecto a su entorno (Ferrando, 2016).

Por lo tanto, la visión posthumana descarta ciertas concepciones dicotómicas construidas culturalmente como natural/artificial, mente/cuerpo y organismo/máquina, entre otras. Las tres mencionadas, sin embargo, ya nos permiten abordar una dimensión de análisis que es muy apropiada a la relación entre posthumanismo y espiritualidad: la gestión ideológica y simbólica del cuerpo y la mente -entendidas como entidades integradas- en el campo de la práctica y la experiencia religiosas.

Por otro lado, las religiones siempre han abordado el problema de la muerte. En esta área, la promesa trans/posthumanista es que en un futuro próximo podremos retrasar la muerte, o incluso evitarla a través de la llamada conciencia descorporizada o la congelación del cerebro (criogenización). Algunos sistemas espirituales, como el budismo tántrico, contienen un imaginario paralelo de la inmortalidad al considerar la mente/conciencia eterna, a diferencia del cuerpo, que es el hogar provisional donde habita la mente. O dicho de otra manera: la mente es el conductor y el cuerpo el vehículo. Del mismo modo, según la perspectiva transhumanista, la máquina puede convertirse en el nuevo vehículo de la mente. Y de esta manera eternizarla igualmente. Mientras que el cerebro, susceptible de ser sintetizado y disgregado del cuerpo biológico, se ve perfectamente replicable en una máquina inteligente o cyborg.

Al mismo tiempo, a pesar de la tendencia postmoderna a la ausencia de corporalidad («los cuerpos Sanex no huelen; los cuerpos Danone son intocables», ejemplifica Lucerga, 2004), el cuerpo material sigue teniendo un valor intrínseco, porque, de acuerdo con el importante concepto posthumanista de agencia, predispone a la acción de los sujetos y estimula su interacción con otros seres humanos pero también con entidades no humanas, como objetos sagrados o las deidades de cualquier panteón religioso.

Además, el cuerpo es un campo óptimo para la experimentación científica pero también espiritual, y puede ser objeto de diversas intervenciones o prácticas humanas que buscan mejorarlo, desde implantes biónicos o modificaciones genéticas hasta la disciplina del yoga. Después de todo, el cuerpo es el símbolo religioso por excelencia, y tanto en el posthumanismo como en la mayoría de los sistemas espirituales, se convierte en un vehículo experiencial a través del cual existimos e interactuamos con el mundo (Chelín; Mellor, 2007), ya sea este mundo natural o artificial.

Según el criterio transhumanista, de hecho, el cuerpo emerge como un proyecto de salvación y trascendencia. Y como en muchas áreas de la espiritualidad, es inseparable de los procesos mentales y cerebrales. Domesticar el cuerpo y pacificar la mente son procesos que forman parte de muchas opciones religiosas, ejecutados ya sea a través de tecnologías como la meditación o por otras formas –también tecnológicas- asociadas con el mundo digital o computacional.

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La recolocalización y reestructuración de las religiones en la sociedad del siglo XXI nos llevan, entre otros fenómenos, a las ciberreligiones y a las tecnorreligiones, que, en una línea muy posthumana, promueven la pluralidad y la subjetividad gracias en gran medida a la participación interactiva que hace posible la tecnología (Lyon, 2002).

Dentro del amplio repertorio de insatisfacciones contemporáneas aparece, entonces, una reactivación del sentimiento religioso o, al menos, una mayor aceptación de lo sobrenatural, esotérico o misterioso en sus diferentes manifestaciones. Tal vez por esto, «la ideología de los tiempos nuevos, postmodernos y posthumanos estimula el abandono de una racionalidad estricta, debilitando la frontera entre hechos y valores, entre lo afectivo y lo cognitivo, o entre lo real y lo virtual» (Ibáñez, 2014: 109).

En este contexto, el posthumanismo tiene como objetivo descentralizar la idea de un sujeto autónomo racional. Por el contrario, hace hincapié en que los seres humanos están involucrados en constantes interconexiones, causalidades e interdependencias. La creencia de que el ser humano es parte del mundo sin ser el centro del mundo y que está ligado a todo lo que lo rodea (humano o no) es compartida por diversas perspectivas holísticas y espirituales.

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Las más diversas expectativas espirituales y religiosas aspiran a potenciar las capacidades del ser humano y a mejorarlo, tanto en términos de su naturaleza e identidad como en relación con lo que lo rodea. El perfeccionamiento a través de la devoción y la práctica religiosas a menudo se entiende en términos éticos, cognitivos, conductuales y de conciencia. El cuerpo y la mente, una vez más, intervienen decisivamente en la dinámica del cambio y del progreso hacia la transformación personal, la trascendencia y el logro de un ideal perfecto y absoluto.

Todo lo relacionado con el cambio existencial y la transformación del ser es inherente a los espiritualismos, muchos de los cuales, en un sentido más bien postmoderno, apelan a los tránsitos de estatus, a la temporalidad de las cosas materiales, al relativismo de los principios hegemónicos y a los discursos seculares, etc. A menudo contando, sin embargo, con la certeza -sea más o menos dogmática- de una realización máxima muy calificable de posthumana.

Según los budistas, como piensan los transhumanistas y los posthumanistas, el ser humano tiene el potencial de aprovechar las sinergias de cambio -incluyendo el científico y tecnológico- en su beneficio para dirigir su progreso evolutivo sin impedimentos ni límites.

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Si la religión y la salud –o los procesos terapéuticos– siempre van de la mano, los transhumanistas y los posthumanistas también están muy preocupados por prolongar la vida, procurar el máximo bienestar y minimizar los efectos negativos del envejecimiento. Esto les lleva a proponer hábitos saludables y técnicas corporales y de vitalización como hacer ejercicio, cuidar la dieta, aplicarse cirugía o tomar vitaminas.

El cuidado y el autoconocimiento del cuerpo y la mente, especialmente anhelando el fin del sufrimiento, son aspectos muy relevantes en el campo de las espiritualidades, especialmente dentro de la amplia órbita de la New Age. Junto con las biotecnologías, tan valoradas por el posthumanismo, la neurociencia permite el estudio exhaustivo del cerebro y los procesos neuronales, y esto, por ejemplo, puede ayudar a entender cómo los grandes meditadores logran purificar y calmar sus mentes en busca de la iluminación espiritual.

Sistemas como el budismo o la Cienciología operan finalmente como psicoterapias para descontaminar la mente y restaurar el equilibrio emocional de muchas personas. Otros, como los evangélicos, multiplican sus conversiones gracias a la curación de enfermedades, y sus iglesias se convierten en auténticas comunidades terapéuticas a través del simbolismo y el ritual espirituales.

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Algunos posthumanistas creen que las máquinas, al participar en la acción comunicativa del mundo, persiguen los mismos objetivos que los seres humanos y otros seres vivos (Lafontaine, 2000). De una manera hipotética y futurista, uno de estos objetivos puede ser lograr el sentido y la experiencia de la espiritualidad.

En realidad, según el concepto de singularidad o singularidad tecnológica vinculado al transhumanismo y a la proyección posthumana, se cree que los medios no biológicos pronto podrán emular la riqueza, sutileza y profundidad del pensamiento humano, incluyendo posibilidades de conciencia espiritual. «Mi predicción -dice el ingeniero transhumanista Ray Kurzweil- es que se volverán indistinguibles de los seres humanos biológicos, a quienes consideramos seres conscientes, y que, por lo tanto, se beneficiarán del valor espiritual que damos a la conciencia» (2017: 212).

La idea de un nuevo modelo de información que se generalizó en base a la cibernética ha contribuido a que se conceda el mismo estatus ontológico a los organismos vivos y a las máquinas. En este sentido, autores posthumanistas como Wiener afirman que el dominio de los seres humanos no se debe a un valor intrínseco en la naturaleza, sino más bien un valor asociado con su capacidad para procesar información compleja (cf. Lafontaine, 2000). Un ejemplo derivado de esto se puede encontrar en el dataismo, que se configura como una religión donde la información se sacraliza y se deifica como el valor supremo (cf. Harari, 2016).

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Según el ideario trans/posthumanista, ser humano o tener un cuerpo humano no es algo estrictamente esencial. Más bien, como explica la tradición tántrica en el budismo, lo que es fundamental si pensamos en la persona, la identidad personal o el self, está en la mente. Según la visión transhumana, esta mente reside en el cuerpo, pero el cuerpo es del humano más que de la persona. Además, se interpreta que el cuerpo del ser humano a menudo obstaculiza la actividad mental; o como insiste el budismo, lo perturba con identificaciones ilusorias y generando insatisfacción y sufrimiento permanentes. Algunos autores transhumanistas, como Persson y Savulescu (2010), incluso piensan que un individuo de la especie humana puede ser más humano, en el sentido de tener más atributos morales, si deja de ser humano en un sentido biológico.

Vistas así las cosas, tanto para un sistema como para el otro -el transhumanista y el budista- cualquier mejora del cuerpo (en términos de salud, bienestar, capacidades…) siempre es plausible y razonable a condición de que se respeten los principios éticos más elementales.

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El transhumanismo ve a los seres humanos como una especie de mente o autoconsciencia instalada en un hardware. La naturaleza humana se convierte en una conciencia o mente descarnada, un concepto de proyección posthumana que corresponde a la noción de conciencia mental del budismo.

Sin embargo, esto no excluye que los seres humanos sean tecnología encarnada (Miah, 2008). Es por eso que el elemento material/biológico/corporal nunca pierde su importancia. En este sentido, la visión trans/posthumanista considera que la conciencia desencarnada antes mencionada es algo que brota de la simple estructura que la sostiene. Y en la medida en que esta estructura se puede replicar, la misma conciencia o mente se puede reencarnar en otro hardware.

El budismo, por su parte, habla de un continuo mental que perdura y determina un retorno existencial cíclico. Así que hay una mente sutil que puede renacer en otro cuerpo, que tomará una u otra forma -mejorada o degradada- dependiendo del karma acumulado. Con respecto a la importancia del aspecto material y corporal, desde el punto de vista budista, recuperar la forma humana de existencia –o sea, obtener un cuerpo humano- es un privilegio. De hecho, se considera la única manera que permite la experiencia espiritual y la transformación hacia la liberación.

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Las biotecnologías se convierten en la matriz de lo transhumano y posthumano. Pero a pesar de la relevancia de la materia y la biología, los factores esenciales de la conciencia y la trascendencia no pueden ser descuidados o subestimados; ni tampoco los imaginarios y las representaciones de perfección que se relacionan con ellas.

Según el budismo, nos condicionan elementos que en esencia no somos, pero a los que no dejamos de estar supeditados: el cuerpo, los sentidos, las emociones (especialmente las perturbadoras) o una supuesta identidad separada y diferenciada que es mera ilusión. En línea con el ideario posthumanista, el objetivo es poner fin a este dualismo erróneo y enfatizar la interdependencia de todos los fenómenos y el camino hacia una cierta unidad esencial.

También en correspondencia con el posthumanismo, los límites del cuerpo se difuminan y transcienden a través de la meditación; mientras que la mente se expande, se hace presente, consciente y se logran, como quieren los transhumanistas que aspiran al posthumano, la autoexpansión, autodominio, mayor concentración, sentimientos positivos, la autoconciencia, etc. De ahí la importancia de una tecnología espiritual y encarnada como la meditativa, o similares, en términos de perfeccionamiento humano.

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La razón sigue siendo un aspecto prominente para el transhumanismo. Sin embargo, en el posthumanismo el pensamiento racional no se considera exclusivo de la especie humana, sino que la razón puede ser copiada y reproducida fuera de su cuerpo por cualquier máquina. El robot o cyborg puede recibirla transferida. Según el desarrollo de la inteligencia artificial, incluso se cree que algunas máquinas pueden superar la racionalidad humana cuando se trata de procesamiento de datos.

La imagen del cerebro como computadora, herencia de la cibernética, se puede encontrar en el ejemplo de la iglesia de la Cienciología/Dianética, que trabaja con las informaciones de la experiencia subjetiva y la memoria personal con el fin de lograr la claridad de la mente —de inspiración significativa en la clara luz budista.

El propósito, en esta iglesia, es purificar la mente y limpiarla para que quede en estado clear una vez que los engramas o registros negativos del inconsciente hayan sido borrados. Así es como se supone que la persona estará capacitada para activar procesos racionales y de toma de decisiones mejorados. En el contexto del perfeccionamiento humano, la psicoterapia empleada aquí implica tanto los sentimientos como la razón para lograr la elevación y realización espirituales.

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Si el cyborg transhumanista u otras entidades cibernéticas quieren ser un signo de máxima realización posthumana, los sistemas religiosos tienen también representaciones absolutas y perfectas. Éstas generalmente representan la culminación del proceso espiritual y la vivencia íntima de la felicidad plena.

Así como encontramos el concepto de cyborg sagrado en la esfera transhumanista, el budismo tibetano tiene budas, bodhisattvas o la imagen suprema del nirvana. Por otro lado, el E-Metro utilizado por la Iglesia de la Cienciología, es un claro ejemplo de la importancia y credibilidad dadas a la tecnología, y adopta una connotación igualmente sagrada. No en vano, es el símbolo dominante de su procedimiento terapéutico-espiritual aplicando las creencias de Dianética, basadas en el poder del pensamiento sobre el cuerpo. Los sentimientos son controlados por la máquina y el proceso simbólico-comunicativo entre el el auditor cienciólogo y el sujeto es parte de un camino espiritual.

Otro ejemplo es la iglesia del Kopimism, oficial en Suecia. Basándose en la filosofía que llaman kopimi (copy me), su doctrina es lo suficientemente elocuente: «el conocimiento es para todos, la búsqueda de información es sagrada. La circulación de la información es sagrada. El acto de copiar es sagrado.»

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Las prácticas espirituales y meditativas budistas implican, según sus practicantes, una auto-investigación que en última instancia debería permitirles entender la verdadera naturaleza de la mente; es decir, la verdadera naturaleza humana.

Estas prácticas son tecnologías corporales y mentales con un carácter completamente metódico, empírico y experimental. Al igual que los procedimientos científicos, tan evocados y elogiados por los transhumanistas y posthumanistas, las prácticas budistas siguen efectivamente un método, atienden a criterios de causalidad, requieren ser experimentadas y, a nivel estrictamente espiritual, tienen como objetivo optimizar el yo en el presente, liberarlo de la ignorancia y finalmente sacralizarlo.

La cuestión clave radica, en definitiva, en seguir verdades principales y un camino bien centrado para liberar la mente de la prisión existencial (el ciclo samsāra de nacimiento, renacimiento y muerte) y las acciones condicionadas y condicionantes. El objetivo es lograr un estado de sabiduría, felicidad y plenitud a través de la práctica sistemática del dharma. Es así como idealmente el practicante podrá lograr el estado búdico, vacío, iluminado… posthumano?

  • Diéguez, A.,Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano. Barcelona: Herder, 2017
  • Ferrando, F., ”Humans Have Always Been Posthuman: A Spiritual Genealogy of Posthuman”, en D. Banerji; M. R. Paranjape (eds.), Critical Posthumanism and Planetary Futures, New Delhi: Springer, 2016, pp. 243-256.
  • Harari, Y. N., Homo Deus. Breve historia del mañana, Barcelona: Debate, 2016
  • Ibáñez, T. “Adenda 1. De la modernidad a la postmodernidad”, en Anarquismo es movimiento. Anarquismo, neoanarquismo y postanarquismo, Barcelona: Virus, 2014, pp. 95-111.
  • Kurzweil, R., Cómo crear una mente. El secreto del pensamiento humano, Berlin: Lola Books, 2017
  • Lafontaine, C., “La cybernétique matrice du posthumanisme”, Cités, 4. Bienvenue dans un monde meilleur! Sur les risques technologiques majeurs, 2000, pp. 59-71.
  • Lucerga, M. J., “Ciborgs, forenses y la religión de sanex. El cuerpo en la sociedad mediática, Tonos Digital, 7. Revista Electrónica de Estudios Filológicos, 2004 http://www.um.es/tonosdigital/znum7/estudios/icuerpodef.htm.
  • Lyon, D., Jesús en Disneylandia. La religión en la postmodernidad, Madrid: Càtedra, 2002
  • Miah, A., “Posthumanism: a critical history”, en R. Chadwick; B. Gordijn (eds.) Medical Enhancement and Posthumanity, New York: Springer, 2008, pp. 71-94
  • Persson, I.; Savulescu, J., “Moral Transhumanism”, Journal of Medicine and Philosophy 35, 2010, pp. 665-669
  • Shilling, Ch.; Mellor, Ph. A., “Cultures of emobodied experience: technology, religión and body pedagogies”, The Sociological Review 33/3, 2007, pp. 531-549